La historia detrás de los objetos en los museos compartido por Invitado el 25/08/17





Las palabras están por todas partes en los museos, más o menos visibles, más o menos ocultas; a veces se trata de palabras que explican objetos, cartelas; a veces son publicaciones propias: catálogos, ensayos, publicaciones didácticas, guías de la colección o textos publicados por diversos medios como resultado de las actividades que realiza el museo; a veces son las palabras de un guía para los visitantes; a veces son las palabras que cuentan la experiencia vivida por esos visitantes. Los museos son conversaciones.

 

 

Otras veces, esas palabras son ecos… los ecos de las palabras que rodearon una pintura, que inspiraron a su autor, que motivaron una escultura, que significaron y resignificaron un objeto.

Hay escritores que han comentado pinturas y las han transformado en objetos de arte literario, palabras… pienso en Cortázar y sus “Instrucciones para entender tres pinturas famosas” (donde, en referencia a una obra de Tiziano, dice, categórico: “…está mal pintada y mueve a pensar en un artificio de jazmines o un relámpago de sémola.”)

 

 

En los museos hay historia y la historia se escribe con palabras y las palabras se hacen de la boca o de las manos escritoras de sus protagonistas, de sus cuerpos. Lo que nos importa de los objetos es tal vez eso: su historia, lo que los cubre de ese “aura” que envuelve a las obras de arte, o a los objetos, y que se vuelve presente cuando la atención del visitante se detiene en ellos.

Nuevos paradigmas de museos se apoyan en el famoso y actual storytelling: la historia, el relato, las palabras detrás del objeto. Es una fórmula que han encontrado los museos (y otras instituciones) para construir discursos dentro y fuera de las redes que logren conectar emocionalmente con los públicos.

En un museo podemos encontrar una taza, y podría haber miles de tazas iguales, sin embargo, cada una tendrá su dueño y con su dueño, su historia.

 

 

Pienso, entonces, ¿qué habría en mi museo? Y recordé un relato, y un objeto en él.

El relato pertenece a un escritor chaqueño, radicado en Brasil actualmente. Se llama Juan Solá. “Raúl”, en Épica urbana.

 

 

No sé cómo se habrá llamado, pero tenía cara de Raúl, así, con las cejas pobladas llenas de canas plateadas y los ojos oscuros, un poco opacos, como esos muebles tristes donde las abuelas esconden la vajilla.

Raúl subió al colectivo revolviéndose los bolsillos de la campera vieja. Cuando suspiró, los vidrios cerrados se llenaron de cal y lágrimas, pero nadie se dio cuenta. Sacó la tarjeta, pagó el pasaje y fue a sentarse frente a la nena.

Tampoco sé cómo se habrá llamado la nena, pero tenía cara de Lu, así, cortito, como las antenas de las hormigas que hacen fila en la plaza para llevarse las hojas que se tiran de las ramas cuando es mayo y los chicos salen de la escuela con la bufanda atada al cuello y la escarapela abrazada al guardapolvo.

Raúl se desplomó sobre el asiento y se puso la mochila rosa en las rodillas. Yo escuché cómo las herramientas oxidadas se empujaban ahí adentro. El cling del destornillador contra la cabeza del martillo y el clang de la llave inglesa golpeando el mango del buscapolo hicieron que Lu sacara los ojos del cuaderno gordo y los pusiera sobre el albañil y esa mochila ajada suya. El bolsillo del frente enmarcaba, como una ventanita con cierre, la imagen de la princesa que bailaba el vals con un príncipe, que no era azul, pero casi, porque esa tarde hacía mucho frío.

-¡Mirá, mamá!, exclamó Lu, con la impunidad de la infancia. ¡Tiene una mochila de nena!

Raúl bajó la vista y las pupilas se le llenaron de los corazones rojos y púrpuras que flotaban sobre la escena de lona. La mamá de Lu, que tenía cara de Mercedes, así, con rodete tirante y pañuelo de seda, le ordenó que hiciera silencio, que no fuera maleducada, que el señor se iba a enojar.

-¡Pero esta mochila no es de nena!, dijo Raúl, y en el colectivo todos hicimos silencio. Creo que hasta el motor dejó de rugir y el ripio bajo las ruedas ya no crujió tanto.- ¡Esta es una mochila de nene! ¡Mirá! ¿No ves que tiene un príncipe?
-¡Pero tiene corazones!, protestó Lu.
-Sí, porque el príncipe está enamorado, ¿no ves como la mira a la princesa?
-¡Pero es rosa!
-Sí, como la camiseta de Boca, explicó Raúl, con una paciencia que le costaba demasiado después de haberse pasado el lunes revocando las paredes de una casa que jamás sería suya.
-Bueno, entonces sí, dijo Lu, y volvió a mirar el cuaderno gordo.

Mercedes y Raúl cruzaron una mirada cómplice y se sonrieron. Yo también sonreí, pero ellos no me vieron. Sonreí consciente de la sabiduría de Raúl. Sonreí porque también hay príncipes rosa. Sonreí celebrando que aquella tarde Lu hubiese aprendido algo que nunca se escribe en ningún cuaderno gordo.

 

En mi museo habría libros, en esos libros, relatos como éste donde hay mochilas rosas, con príncipes y corazones… y herramientas oxidadas y las palabras sabias de un albañil que cargan a esa mochila con su historia, que hacen pensar en esa nena, que debería poner la mochila rosa de un albañil desconocido en su propio museo.